Las cosas que creo

Creo que creo las cosas que creo; o sea, creo que uno crea las cosas que cree. O las recrea, cuando cree en algo que alguien más creó. Y creyó, porque uno cree en las cosas que crea...

martes, 5 de julio de 2011

Hacía frío...

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   Y esa es una de las tantas razones por las que no he escrito mucho últimamente. El frío, digo. Pero, bueno, ahora que se me apagó la estufa en esta gélida noche, me vino esto a la cabeza... Para leer en la pantalla es un poco largo, pero está bien para escuchar abrigaditos... preferentemente junto al fuego...




                                              Historias del Ártico
    “Ennui, el cazador y el narval prodigioso”, o “Los tres deseos”


   Hacía frío. Ennui, el cazador, se despertó y miró por la ventana de su iglú. Era de día, desde hacía por lo menos tres... o cuatro meses. Un poco desganadamente, se levantó de su confortable lecho de pieles de foca, se frotó enérgicamente la cara con aceite de foca (frío), bebió una taza de caldo de foca (frío), comió una tajada de hígado de foca (frío), se lavó los dientes con grasa de foca (fría), y se perfumó con orín de foca (tibio). Se calzó sus botas de cuero de foca, se colgó al cuello su preciado amuleto de dientes de foca, se echó encima su grueso abrigo de piel de foca, cogió su morral de cuero de foca (convenientemente relleno de suculentos trozos de carne de foca) y su afilado arpón de hueso de foca, y salió. Necesitaba cazar más focas.
   Hacía frío. Ennui sabía que le aguardaba una larga caminata, hacía tiempo que no había focas en los alrededores. Caminó varias horas, o, más bien, varios kilómetros, porque, ¿de qué sirven las horas cuando el Sol está siempre quieto? Caminó y caminó hasta llegar por fin a donde la inmensa blancura se detenía: la orilla del mar. Sacó de su morral un suculento trozo de carne de foca y se sentó a comer junto al escarpado borde de hielo, que se elevaba un par de metros sobre el nivel del mar, arpón en mano y mirada vigilante. Hacía frío.
   Iba apenas por la mitad de su suculento trozo de carne de foca (que estaba duro, porque estaba muy frío) cuando vio pasar nadando muy cerca suyo, apenas bajo la superficie, un hermoso narval. El fantástico unicornio marino, venerado y a la vez temido desde siempre por los hombres del Ártico. Vinieron a su mente infinidad de cuentos, leyendas y habladurías de viejas o de pescadores sobre el viejo tabú que representaba cazar un narval. Pero su mano derecha se cerraba sobre su afilado arpón de hueso de foca, dejándose poco a poco seducir por la tentadora posibilidad, que hallábase prácticamente al alcance de su mano, de poder llevarse, por primera vez en mucho, mucho tiempo, algo a la boca que no estuviera en modo alguno relacionado con una foca. Se puso en pie de un salto, dejando caer su ya no tan suculento trozo de carne de foca, y apuntó al narval con su arpón. Mas el narval, que había estado atisbando por el rabillo del ojo, resolvió adelantársele, y, sacando su cabeza fuera del agua, le habló:

-          Ennui, el cazador, ¿qué estás por hacer?
-          Estoy dejándome poco a poco seducir por la tentadora posibilidad, que hállase prácticamente al alcance de mi mano, de poder llevarme, por primera vez en mucho, mucho tiempo, algo a la boca que no esté en modo alguno relacionado con una foca. – respondió Ennui.
-          Ya veo – dijo socarronamente el narval. – Aunque no tan poco a poco, me parece – añadió, notando que Ennui hallábase ya en posición de tiro. - ¡Detente, insensato!, y escucha lo que tengo para decirte.
-          Te escucho, narval – dijo Ennui, sin bajar el arpón – Pero procura ser breve; hace frío.
-          Tu insolencia no tiene límites, cazador. Evidentemente, nunca has tenido trato alguno con un cetáceo, pero... ¿nunca te han contado nada acerca del singular cetáceo unicorne, príncipe de las gélidas aguas polares?; ¿no conoces nuestros admirables poderes?; ¿por qué crees tú que los hombres del norte nos han respetado y venerado desde siempre? Sería conveniente para ti que recordaras que estás hablando con un narval.
-          Y sería conveniente para ti que recordaras que te estoy apuntando con mi afilado arpón de hueso de foca, ¿no te parece, príncipe de las gélidas aguas polares?
-          Lo recuerdo, cazador; es la única razón por la que te estoy dirigiendo la palabra.
-          ¡Habla de una vez, entonces!, gritó Ennui, tomando impulso para arrojar el arpón.
-          Poseo mágicos poderes; baja ese arpón y te concederé tres deseos. – replicó tranquilamente el narval.
-          ¿Ah, sí?, ¿de veras? Pues entonces quisiera... comer algo que no fuera foca – dijo Ennui, con una sonrisa de descreimiento
-          Sea – dijo el narval. Y con un rápido movimiento de su cuerno, hizo aparecer ante Ennui una mesa surtida con los más exquisitos manjares. – Baja ese arpón – añadió. Innecesariamente, claro, porque el cazador, completamente olvidado del narval, y hasta se diría que de sí mismo, se abalanzó vorazmente sobre la mesa. Comió hasta hartarse, y cuando terminó, vio al narval que lo miraba con una sonrisa de suficiencia.
-          ¿Ha estado bien? – preguntó el narval – Aún te quedan dos deseos.
-          En verdad eres prodigioso – dijo Ennui, acariciándose la barriga - ¿Puedes hacer que deje de hacer frío?
-          Puedo. – respondió el narval. Y con un rápido movimiento de su cuerno, hizo que el Sol ascendiera raudamente hasta el cenit, brillando de una manera que Ennui jamás hubiera podido imaginar.
-          ¡Admirable! – exclamó Ennui, despojándose de sus pieles de foca - ¿Puedes hacer cualquier cosa que te pida, verdad?
-          Verdad. – contestó el narval – Cualquier cosa. Te queda un deseo, piénsalo bien.

   Y Ennui así lo hizo: se sentó, tomó un puñado de nieve, lo puso a la altura de sus ojos, contempló como se derretía bajo el ardiente Sol, miró al narval y le dijo:

-          Quiero que me concedas... ¡tres deseos más!
   Aquello no pareció simpatizarle al narval, pero hizo un rápido movimiento con su cuerno, y dijo:
-          Sea.
-          Bien – dijo Ennui, sonriendo – Quiero una mujer: la más bella del mundo.
-          Sea,– dijo el narval – la más bella. – Y con un rápido movimiento de su cuerno, hizo aparecer ante Ennui la mujer más bella del mundo, completamente desnuda, comiendo una manzana.

   Grandes esfuerzos tuvo que hacer el pobre Ennui para mantenerse en pie, y cuando, al cabo de quince minutos, al fin recuperó el habla, miró al narval y le dijo:

-          Ahora quiero... ¡que te vayas! Ya te llamaré cuando haya pensado mi último deseo.
-          Sea. – dijo el narval, y tras un rápido movimiento de su cuerno, se sumergió bajo las aguas.

   Días pasaron antes de que Ennui volviera a llamar al narval (o no, porque el Sol seguía estacionado brillando en el cenit).

-          Te queda un deseo – dijo el narval - ¿Ya lo has pensado?
-          Sí. – respondió Ennui. – Quiero que me concedas... ¡tres deseos más!
-          Sea. – dijo el narval, tras un tenso momento de silencio - ¿Qué quieres?
-          Quiero que me construyas una grande y espaciosa casa, con todas las comodidades imaginables.
-          Sea, - dijo el narval – grande y espaciosa. Y con un rápido movimiento de su cuerno, hizo aparecer tras de Ennui un suntuoso palacio, provisto de todo lo necesario y accesorio para una vida de incalculable lujo.
-          ¡Oh! – exclamó Ennui – Muy bien. Ahora quiero... ¡que te vayas! Ya te llamaré cuando haya pensado mi último deseo.
-          Sea. – dijo el narval. Y tras un rápido movimiento de su cuerno, se sumergió bajo las aguas.

   Pasada una semana (aproximadamente) volvió Ennui a llamar al narval.

-          Te queda un deseo – dijo el narval - ¿Ya lo has pensado?
-          Sí – respondió Ennui – Quiero que me concedas... ¡tres deseos más!
-          Sea. – musitó el narval, mientras su ojo derecho guiñaba incontroladamente - ¿Qué más quieres?
-          Quiero... que por cada día haya una noche, así calculo que podré dormir mejor – dijo Ennui, bostezando.
-          Sea, - dijo el narval – día y noche. Y con un rápido movimiento de su cuerno, hizo que el carro del Sol echara nuevamente a rodar por el firmamento.
-          Mucho mejor. –dijo Ennui, deteniéndose a oler una flor, ya que ahora, derretida la nieve, éstas crecían por doquier. Deshojando una margarita, miró al narval y le dijo:
-          Ahora quiero... ¡que te vayas! Ya te llamaré cuando haya pensado mi último deseo.
-          Sea. – dijo el narval. Y tras un rápido movimiento de su cuerno, se sumergió bajo las aguas.

   Tiempo después, volvió el ex-cazador a llamar al narval.

-          Te queda un deseo – masculló entre dientes el narval - ¿Ya lo has pensado?
-          Sí – respondió Ennui – Quiero que me concedas... ¡tres deseos más!
-          Sea – dijo el narval – y el rechinar de sus dientes podía oírse a varios kilómetros de distancia. - ¡¿Qué quieres?!
-          Siempre he querido volar – dijo Ennui, mirando al cielo – Como un pájaro...
-          Sea, – dijo el narval – como un pájaro. – Y con un rápido movimiento de su cuerno, hizo que a Ennui le salieran en la espalda dos espléndidas alas.
-          ¡Fantástico! – exclamó Ennui, batiendo sus alas, y elevándose así un par de metros del suelo. – Ahora quiero... ¡que te vayas! Ya te llamaré cuando haya pensado mi último deseo.
-          Sea. – dijo el narval. Y tras un rápido movimiento de su cuerno, se sumergió bajo las aguas.


   Así estuvo Ennui satisfaciendo sus cada vez más excéntricos caprichos y requiriendo la concesión de nuevos deseos durante todo un año, abusando así de la buena fe y la paciencia del mágico narval. Había llegado a ser rey del mundo; poseía incontables riquezas, vasallos y mujeres; y era respetado, admirado y temido por todos sus súbditos.
   Un atardecer de primavera (porque ahora siempre era primavera) se subió a su carruaje de oro puro, tirado por doce caballos dorados que resoplaban fuego, y se dirigió a orillas del mar, a llamar al narval para que le concediera otra vez más su “último” deseo.

-          Te queda un deseo – dijo el narval, con una mirada terrible - ¿Ya lo has pensado?
-          Sí – respondió Ennui, aburrido, sin reparar en el semblante del narval – Quiero que me concedas...

   Y no pudo terminar su frase, porque el narval saltó bruscamente fuera del agua, y con un rápido movimiento de su cuerno, lo ensartó en las tripas.
-          ¡No! –gritó Ennui, cayendo de rodillas con las manos en el vientre - ¡No quiero morir!
-          Sea – dijo el narval con una sonrisa de oreja a oreja (figuradamente, claro, porque los narvales no tienen orejas) – Te concedo tu último deseo: no morirás... ¡¡¡nunca!!! – gritó, trazando escalofriantes figuras en el aire con rápidos movimientos de su cuerno. – Y debo añadir, - prosiguió – que tu herida tampoco cerrará nunca,¡y nunca cesará el dolor! Terrible ha sido tu ofensa al abusar de mi buena fe y de mis mágicos poderes, que están destinados a otros fines que tú nunca comprenderías. Y terrible será tu castigo: vivirás, Ennui, malvivirás, en perpetua agonía, incapaz de desplazarte, o de comer, o de beber. A lo sumo, ¡podrás retorcerte de dolor! Así que... imagino que ya no necesitarás nada de todo esto... – dijo sonriendo. Y con un rápido movimiento de su cuerno, hizo desaparecer todas las posesiones y caprichos de Ennui.
-          Adiós, Ennui. – añadió; y se sumergió bajo las aguas, dejando a Ennui malherido sobre el hielo que había cubierto nuevamente la superficie, condenado a sufrir por toda la eternidad.

                                                  Y hacía frío.
   

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